SOBRE LOS MILAGROS EUCARÍSTICOS

Muchas personas vuelven devoción a la cuando ocurre, o parece ocurrir, un milagro, sin embargo la Iglesia siempre ha actuado con prudencia frente a los acontecimientos que pueden ser considerados milagrosos. Por ello es normal que se nombre a una Comisión de Especialistas y se pida un plazo para que estudiar rigurosamente cualquier hecho que pueda ser un milagro eucarístico.

Entretanto, tenemos nosotros la oportunidad de reflexionar profundamente en este sacramento portentoso que es la Eucaristía. Jesús se hace presente realmente en el pan y el vino. Todo Él, su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad están ahí después de la Consagración (durante la Santa Misa), pues Cristo mismo lo dijo: “Yo soy el pan vivo bajado del Cielo. Si alguno come de este pan, vivirá para siempre, y el pan que Yo les daré es mi carne.” “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna, y Yo lo resucitaré el último día”. Son palabras duras de entender; los Evangelios mismos así lo señalan, y las personas que las escucharon directamente, aun habiendo sido testigos de los milagros de Jesús, se preguntaban: “¿Quién puede oírlas?”

Los católicos sabemos estas verdades y creemos en ellas porque son revelaciones del mismo Jesucristo. Los Apóstoles predicaron esta Doctrina desde el nacimiento de la Iglesia, y no fue sino hasta el Siglo XI cuando por primera vez se puso en duda la presencia real de Jesús Eucaristía, cuando Berengario enseñaba que Cristo sólo había hablado en sentido figurado. Como respuesta a esta herejía, se promovieron tres Concilios, permaneciendo indiscutida la doctrina de la presencia real. Después, en el Siglo XVI, Lutero y el protestantismo insistieron en negar aquella afirmación hecha por el mismo Dios hecho hombre.

El padre Jorge Loring nos explica que los Milagros Eucarísticos comprobados son pruebas visibles y patentes de la presencia real de Jesucristo en las especies sacramentales (pan y vino) para confirmar nuestra Fe en la Eucaristía y aumentar nuestra devoción al Santísimo Sacramento.

Decía San Agustín:

“Si quieres que Dios sea tu casa en el Cielo, sé tú su casa en el suelo.”

Hay que entender, pues, esta maravilla del amor de Dios que se queda entre nosotros. San Juan de la Cruz afirmaba que, a través de la Eucaristía, Cristo nos transforma y nuestra vida se hace más divina que humana. Al comer el cuerpo de Cristo, Dios nos transforma en Él. Cuando tomo un alimento lo transformo en mí; cuando comulgo, Dios me transforma en Él.

Si comulgamos no es porque seamos estupendas personas, sino que lo hacemos para serlo; no comulgamos porque amamos mucho, sino para amar de verdad.

Las exigencias cristianas no pueden vivirse sin este alimento espiritual. Si queremos mejorar nuestra relación matrimonial y familiar, alimentemos nuestra alma.

Independientemente de que tengamos los Milagros Eucarísticos, que hay muchos científicamente comprobados (el más importante de ellos es el llamado De Lanciano, donde el pan se convirtió en carne, tejido de un corazón humano vivo, y el vino en sangre verdadera, siempre fresca, tipo AB positivo), el milagro que debemos pedir es el de nuestra propia transformación. Una manifestación divina no tiene sentido si no es capaz de llevarnos a dejar nuestra vida de pecado para iniciar, cuanto antes, un camino de conversión.