¿SE JUSTIFICA LA MARIGUANA?

El Libro del Génesis nos narra lo acontecido en la Torre de Babel. Leemos, en el Segundo Capítulo, el hecho de que los hombres, despreciando el mandato divino de esparcirse y poblar la Tierra, quisieron construir una torre tan alta, que alcanzaría el Cielo. Los hombres habían desarrollado “tecnologías” y consideraron que con su inteligencia podrían

La palabra hebrea Babel significa “confusión”. Dice la narración que cuando Dios bajó a la Tierra y vio esta desobediencia, creó confusión. De este modo, nadie podía entenderse y acabaron dispersándose para que Su Voluntad, finalmente, se cumpliera.

Este Siglo XXI se mueve en esta confusión. Reina el relativismo moral, que nos dice que no hay bien ni mal. “Hagamos lo que queremos, no lo que nos conviene de acuerdo al proyecto divino”. Todo es relativo; tenemos hoy más sofismas que nunca antes. Se defiende lo absurdo con una facilidad temeraria.

El uso inadecuado de los bienes que nos brinda el conocimiento, crea consecuencias dolorosas para la humanidad.

Las drogas que aportan un bien a la salud ya están reguladas, y las encontramos en las farmacias, con la debida prescripción médica. Las que generan un estado de ánimo artificial y nos hacen daño, deben ser desalentadas.

¡La única manera de cerrar el negocio es que no haya consumidores! En una guerra contra las adicciones, debemos colocar y disparar todos los cañones en favor de la educación. De aquí la importancia de que los gobiernos alienten la sana convivencia familiar, el deporte entre niños y jóvenes, la vida en contacto con la naturaleza.

En lugar de gastar en combatir a los narcotraficantes o en ver cómo les hacemos competencia, desalentemos el consumo por todos los medios. La única forma de combatir el mal es con abundancia de bien. ¡Aumentar el bien!, no “organizar, legalizar o regularizar el mal”. Quienes respetamos estos principios básicos, proponemos:

  • Que los gobiernos destinen recursos para la promoción del deporte, las artes y la cultura específicamente dirigidos a niños y jóvenes.
  • Que se invierta en generar políticas para alentar la unidad de las familias, fortaleciendo a los matrimonios.
  • Que se multipliquen las escuelas de padres con orientaciones básicas sobre los dos elementos que no deben faltar en el ejercicio de la autoridad de los padres de familia: amor y límites.
  • Que, como nación soberana, no tengamos miedo de tender a los altos ideales, aspirando a la vivencia de la virtud, que nos dignifica.

Todo lo creado está a nuestro servicio y ha de ser usado para nuestro bien, y no para nuestra destrucción.