¿POR QUÉ AVANZA EL MAL?

Ante tantas situaciones de violencia que parecen salidas de la ficción, no es de extrañarse que te preguntes: “¿dónde está Dios?”.

Dios está en ti y en muchas otras personas que, como tú, hacen el Bien sin desfallecer. Es la ausencia de Dios la que nos conduce a la violencia y a toda forma de mal.

Es tiempo de reconocer que no será posible vencer al mal sin Cristo. Lo hemos sacado de nuestras vidas, de nuestras familias, de la escuela, de los medios de comunicación. En casa nos hemos olvidado de orar juntos, nos apena bendecir los alimentos, hemos calificado de ridículo el rezo del Rosario, despreciamos la bendición de padres y abuelos. Ya no transmitimos sanas costumbres, buenos modales, y mucho menos la maravilla de la Fe.

Y esto, por desgracia, lo llevamos a la sociedad, a nuestras relaciones con los demás. Sin Dios, sin valores, sin buena educación, nos convertimos en barbarie. Actuamos como animales, que solo se rigen por instintos. En donde no se siembra amor, no se puede cosechar amor. Estos son los nidos de la violencia, la corrupción, la traición, el rencor y resentimiento, los vicios de todas clases, las familias divididas, los hijos abandonados a su suerte, el desorden moral y espiritual.

El mal, dice la Palabra, se vence con abundancia de Bien.

Cultivemos la vida espiritual. Es el hombre cristianizado el que puede elegir libremente dejar su pecado atrás y vivir en el Bien. Este hombre corta vicios y puede iniciarse en una vida de virtud.

Dios existe, podemos experimentar su poder cuando nos relacionamos con Él sinceramente.

Inicia una ruta de crecimiento espiritual, atendiendo al llamado divino: “No vivan más según las intenciones de la carne, sino según el espíritu. El fruto de la carne es bien conocido: envidias, borracheras, orgías y cosas semejantes, contra las cuales os advierto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el Reino de Dios. Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio propio” (Gál. 5, 16-23).

Toda nuestra vida, a imitación de Cristo, ha de ser una lucha por hacer la voluntad de Dios. San Juan de la Cruz nos dice cómo lograrlo: “El alma que venza la potencia del Demonio no lo podrá conseguir sin oración ni podrá entender sus engaños sin mortificación y sin humildad.”

Aquí se nos revela un camino de conversión. Humildad para querer el querer de Dios antes que el nuestro propio; mortificación o sacrificio para vencer nuestros impulsos y actuar en base a nuestra Fe y Razón; y oración para conseguir la fortaleza necesaria y la esperanza cierta que nos impulse a ese cambio de vida, cuyo efecto será la transformación de la Sociedad entera.