ME CONSIDERO INDIGNO DEL AMOR DE DIOS

Lupita:

¿Cómo Dios puede perdonarme, cuando he caído tan bajo? Soy servidor en la iglesia, y conozco la Palabra. He pecado con todos los agravantes, con pleno conocimiento, consentimiento y en materia grave. Debí preparar unas Meditaciones sobre la alegría de recibir a Cristo en nuestras vidas. Pero, ¿cómo he podido hacerlo si me siento tan lejos, tan hipócrita, tan indigno?

Néstor F.

 


 

Hermano mío:

 La Fe es un elemento crucial para el creyente. Decimos en el Credo: “Creo en un solo Dios, Padre ¡Todopoderoso!” ¿Qué te hace pensar que ese Dios no va a poder con tu alma y sus dificultades? “Nada es imposible para el que cree”, dice el Señor (Lc. 1, 37)

Comprendo tu desaliento, pues nuestra debilidad nos llama a quedarnos a un lado del camino cuando sentimos cansancio. El propio San Pablo lo experimentó, y así nos lo dijo:

 Esto no quiere decir que haya alcanzado la meta ni logrado la perfección, pero sigo mi carrera con la esperanza de alcanzarla, habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús. Hermanos, yo no pretendo haberlo alcanzado. Digo solamente esto: olvidándome del camino recorrido, me lanzo hacia delante y corro en dirección a la meta, para alcanzar el Premio del llamado celestial que Dios me ha hecho, en Cristo Jesús (Fil. 3, 12-16).

El gran Apóstol nos da una clave para perseverar: olvidar los errores pasados y lanzarnos hacia adelante, teniendo clara la meta. Ayer ya pasó. Vive tu presente pensando en el Cielo. San Agustin nos recordaba que Dios no manda cosas imposibles, sino que, al mandar lo que manda, te invita a hacer lo que puedas, pedir lo que no puedas, y te ayuda para que puedas.

Sabemos que aceptar a Cristo implica muchos cambios. Entregarle tu vida es dejar atrás las reacciones violentas, las palabras groseras, las malas caras, las trampas y engaños, los vicios; es emprender un camino de conversión: sustituir malos hábitos con buenas costumbres; formar nuestra conciencia para distinguir el Bien del Mal y elegir el Bien mayor en todo momento. La Palabra nos dice:

El que está unido a Cristo es una nueva persona; las cosas viejas pasaron, lo que ahora hay es nuevo (2 Co. 5,17).

 

Seguramente te preguntarás por qué sigues pecando después de haber aceptado a Jesús como tu Salvador. Él quiere que recordemos que estamos necesitados de su Gracia. No somos perfectos, nuestro llamado a la santidad consiste en luchar todos los días tomando su mano. Dios te deja conocer tu pobre humanidad para que no ceses de buscarlo. Alaba su Gran Poder; dale gracias porque no deja de amarte.

Me gusta la analogía que usa San Pablo para describir la vida del hombre. Él dice que es como una carrera. Mientras estamos vivos no alcanzamos la meta, sino que corremos en su dirección. La conversión es un proceso que se lleva a cabo todos los días. Si te equivocas, no te desanimes; levántate y mira adelante. Si estás corriendo el maratón y te has puesto al lado del camino creyendo que no puedes más, toma un poco de aire, recobra el aliento, pero no dejes la carrera por completo, ¡vuelve a ella!

Imagina a Cristo frente a ti, tiene la mano extendida y te llama, ¡Él es tu fortaleza!