SIETE VIRTUDES OLVIDADAS

Lic. Lupita:

No sé cómo le hacían los matrimonios de antes, cuando el divorcio no era epidemia. Yo me casé para siempre, pero hay momentos en mi vida matrimonial en los que no quiero seguir adelante. Me cansan los gritos, las faltas de respeto, las groserías con las que nos dirigimos unos a otros en casa. A veces parece que la misión de mi esposo es fastidiarme y la mía es hacerle la vida pesada. Este ambiente está sofocando mis ganas de vivir con él, y mis ganas de vivir en general. ¿El secreto será vivir amargada y aguantarse? No quiero eso, pero no puedo seguir así. Necesito ayuda. 

Leticia J. 

 


 

Querida Lety:

Tenemos un Dios bueno, que quiere nuestro bien. Él ha diseñado el matrimonio como camino de santificación. Esto no significa que deba sufrirse en él, pero sí implica esfuerzo de nuestra parte para sobrellevar con amor las dificultades que se presenten.

En la actualidad no se nos enseña a amar. La cultura prevaleciente es, como la llama nuestro Papa Francisco, cultura del descarte: si algo o alguien no funciona como deseas, tíralo.

Estoy segura de que en los momentos de desesperación no ves otra salida, y consideras que la solución es la división.

Pero esto es porque la generación de los padres de hoy no fuimos educados en la virtud como fuente de felicidad. Aristóteles decía que podemos quedarnos en la felicidad-gozo, que es efímera; en la felicidad-satisfacción, que resulta del bien realizado y nos hace sentir orgullosos; o la felicidad-virtud, que exige esfuerzo y es fuente perenne de alegría, felicidad que se sustenta en el amor real, buscando el bien del otro.

Hoy lo que queremos es que los demás nos hagan sentirnos bien. Pero por este camino la epidemia del divorcio no se combatirá.

Venceremos si crecemos. Te propongo hacer un plan para vivir las virtudes que el Padre Alfredo Sáenz nos presenta en su libro: Siete virtudes olvidadas:

  1. Humildad: refrena los deseos inmoderados de nuestra propia grandeza, haciéndonos conscientes de nuestra pequeñez delante de Dios. Se opone a la soberbia.
  2. Magnanimidad: nos ayuda a anhelar lo más grande. Soy generosa en poner todos los medios a mi alcance por hacer feliz a mi cónyuge. Se opone a la mediocridad.
  3. Estudiosidad: es un sano apetito por conocer la verdad. Se opone a la negligencia. Ante un problema, la persona estudia, busca a los expertos, sin quedarse en soluciones fáciles y falsas.
  4. Castidad: le otorga señorío al alma sobre el cuerpo. Se opone a la lujuria, que tanto daño hace hoy a la pareja, a la Familia y a la Sociedad.
  5. Liberalidad: esta palabra está en desuso. Tiene que ver con recto uso del dinero y la riqueza. En cada hogar debe privilegiarse el presupuesto a favor del bien común. Se opone a la avaricia y al despilfarro.
  6. Eutrapelia: propicia la sana diversión y esparcimiento. Alegría de vivir, buen humor. Se opone al entretenimiento escandaloso (carcajada en el pecado) y a la actitud agria de quien no sabe reír con nada.
  7. Patriotismo: nos lleva a amar nuestra tierra, Cultura e Historia; a reconocer la vocación de nuestra Nación en medio de otras. A aprender de nuestro pasado para forjar un presente y futuro superior.

Cualquier relación matrimonial puede ser exitosa si esposo y esposa se concentran más en cultivar virtudes en primera persona, que en tratar de controlar al otro.