¿La venganza da la felicidad?

Querida Lupita:

Creo que quienes te escribimos es porque nos sentimos en medio de un torbellino que no nos deja ver la salida. Así me siento hoy. He sido casada por 14 años. Durante todo este tiempo, mi esposo me ha sido infiel y yo he sufrido cada vez que descubro algo. No puede negarlo, pues la evidencia lo delata, pero me pide perdón y seguimos. Hace un año, yo tuve oportunidad de una relación con alguien. Pensé que él tanto me ha fallado, que yo podía hacer lo mismo. Mantuve esta relación por venganza, por saber lo que él siente. Pero ahora estoy embarazada, se lo dije, no quiere perdonarme, y yo quiero deshacerme de esta criatura. Me siento en la entrada del Infierno. Por favor ayúdame.

Herminia F.

 


 

Hermana mía, Herminia:

 Confucio decía que antes de iniciar un viaje de venganza, hay que cavar dos tumbas.

Comprendo tu desesperación y dolor. Sabemos que el corazón humano anhela el amor exclusivo y fiel. Cuando entra la traición, se rompe lo más frágil de nuestra alma y nos experimentamos heridos el resto de nuestras vidas.

Pero nuestro Maestro Jesucristo nos enseña que el mal solo puede acabarse en abundancia de bien. Aquél que busca venganza, agrega mal al mal ya existente, y el resultado no podrá ser bueno.

La venganza te lleva a asemejarte a quien te hizo daño, y no es así como se arreglarán las cosas. Ya lo viviste, y la lección ha sido muy dura: vengarte no te trajo felicidad, sino dolor, y estás a punto de quitarle la vida a una criatura inocente.

La recomendación cristiana siempre será actuar bajo los criterios de Cristo ante cualquier situación dada. ¿Hay vida en tu vientre?, ¡bendícela! Conságrate a Jesucristo y a esa pequeña personita cuyo corazón está latiendo. Haz el bien a partir de hoy. Lo pasado ya está hecho, y es necedad querer cambiarlo. Lo que puedes cambiar es tu futuro, viviendo hoy la verdad del amor.

Si tú eliges abortar, sería nuevamente agregar mal al mal. No cometas error tras error. Busca a Dios, que te ama con misericordia infinita. Él te comprende, te perdona, y puede hacer de ti una mujer nueva. Te comparto la Palabra de Dios que es lámpara para nuestros pies y luz en nuestro camino:

No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor (Rom. 12, 19). Uno solo es el dador de la Ley, que puede salvar y perder; pero, tú, ¿quién eres para que juzgues a otro?… Hermanos, no os quejéis unos contra otros para que no seáis condenados; he aquí que el Juez está delante de la puerta (Stgo. 4, 12; 5:9).

Oísteis que fue dicho: Ojo por ojo, y diente por diente. Pero Yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra; y al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa; y a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos. Al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo rehúses (Mt. 5, 38-42).

Haz lo que está en tus manos y deja lo demás en las manos de Dios. Encomienda a tu esposo, ya que él también debe emprender un camino de conversión.