LA REVOLUCIÓN DE LA TERNURA

Licenciada Lupita:

Con cuánta impotencia veo la relación que tiene mi esposa con nuestros hijos y conmigo mismo. Ella no puede controlar su carácter y llega a los golpes con cierta frecuencia. Tenemos cuatro hijos. Me mira con ira y me culpa de que ellos no hagan lo que ella quiere. No puede ver nada bueno en nosotros; su vida es una eterna queja. Llora, grita, patalea…

Yo acabo enojándome también y juntos creamos un ambiente que ya no quisiera para mis hijos… ¿Se puede parar esto?

 

Rubén H.


Estimado Rubén:

 

Arquímedes afirmó, hace muchos siglos: “Dame una palanca y moveré al mundo”. A veces, un cambio radical nace con un pequeño punto de apoyo. Hoy quiero hablarte de esa palanca que es capaz de transformar el ambiente de un hogar.

Desde luego, es fundamental buscar un diagnóstico médico por el que se ratifique o se descarte un desorden orgánico que pudiera estar causando estas reacciones desproporcionadas en tu esposa.

Sumado a ello, nunca nos sobra el hablar del desarrollo de virtudes. Se ha dado tanta relevancia a los sentimientos, que las facultades propiamente humanas están siendo desperdiciadas. Tenemos voluntad e inteligencia, pero no las usamos. Sabemos lo que nos conviene hacer, pero no lo hacemos porque implica un esfuerzo en el que debemos vencer nuestra tendencia sentimental para elegir un bien mayor.

Nuestros hijos merecen un clima hogareño armónico. Los esposos, por tanto, tenemos que luchar, a toda costa, por dar lo mejor de nosotros a nuestros hijos, y debemos buscar ayuda si nos sentimos impotentes para el cambio. A veces no es que no podamos cambiar, sino simplemente no queremos hacerlo; no reflexionamos acerca de las consecuencias de nuestro modo de hablar y, ensoberbecidos, seguimos igual, esperando que los demás cambien.

El Papa Francisco elogia a la Virgen María al hablar de la “ternura” con que llevaba adelante sus relaciones con los demás. En el No. 286 de su Exhortación Evangelii Gaudium leemos:

“María es la que sabe transformar una cueva de animales en la casa de Jesús, con unos pobres pañales y una montaña de ternura. Ella se estremece en la alabanza; es la amiga siempre atenta para que no falte el vino en nuestras vidas; comprende las penas; abre los corazones a la Fe con su cariño materno; Ella da la caricia de su consuelo maternal y nos dice al oído: ‘No se turbe tu corazón, ¿no estoy yo aquí que soy tu Madre?’”.

Creo que nos hace falta poner el acento en las virtudes humanas, en lugar de subrayar los síntomas con los que estamos desenvolviéndonos. Cristo nos ha revelado que la única forma de vencer al Mal es en abundancia de Bien. Si una mujer tiene mal carácter, debe trabajar en vencerse a sí misma.

Lo mismo vale para todos. De hecho, éste es el sentido de la vida: ir haciendo de nosotros mismos la mejor persona que podemos ser. Nuestros retos cotidianos implican un vencimiento de malas tendencias pensando en el bien común. Agradar a Dios, y con su ayuda, agradar a quienes conviven con nosotros

El Padre Alejandro Gómez nos dejó de tarea a los feligreses practicar la ternura a lo largo de la semana. Hoy quiero pedirte a ti lo siguiente: ¡Vive la revolución de la ternura! Ésta será la “palanca” para transformar positivamente tu ambiente. Dale atenciones a tu esposa, sé tierno al hablar, domina tu enojo y suaviza con respeto toda situación tensa. Tu cambio atraerá su cambio.