DESTRUIR Y RECONSTRUIR UN HOGAR

Apreciable Lupita: 

 Le escribo porque estoy desesperado. A los 15 años de vivir juntos, y con cuatro hijos, mi mujer me dice que ya nada quiere saber de mí. Se fue hace seis meses de la casa, y yo le he insistido en que quiero reconstruir lo que yo mismo destruí. Reconozco mis fallas, no supe valorarla, y tengo el firme propósito de hacer las cosas bien, casarnos por la Iglesia y cambiar nuestras vidas en el orden querido por Dios. Pero no hay poder humano que pueda convencerla. ¿Qué puedo hacer? 

Pedro A. 

 


 

Querido Pedro:  

Puedo sentir tu desesperación e impotencia. ¡Ven a la Cruzada Matrimonial en nuestra ciudad! Tu buen deseo de caminar en la luz de Cristo, será recompensado. 

Me pregunto si podrías asentir ante esta declaración: Hiciste lo necesario para lograr que tu compañera de vida se cansara de tus actitudes, y hoy quisieras reparar rápidamente lo que te llevó varios años destruir. 

Desde luego, hemos de considerar que en un problema de dos, ambos tienen parte de razón y parte de culpa. Ambos cometieron errores, y los dos pueden cambiar. 

Te pido un par de actitudes necesarias para lograr un feliz re-encuentro: paciencia y esperanza. La paciencia, que es la ciencia de la paz, te ayudará a actuar sin desesperación, sin cometer esos errores en los que caemos cuando sentimos que nos llega el agua al cuello. Y la esperanza te dará la motivación suficiente para seguir luchando, aunque todo parezca fallar. 

En la Palabra de Dios, leemos:

Alégrense en la esperanza, muestren paciencia en el sufrimiento, perseveren en la oración (Romanos 12, 12). 

No nos cansemos de hacer el bien, porque a su debido tiempo cosecharemos si no nos damos por vencidos (Gálatas 6, 9). 

Y aquí encontramos la punta de lanza para conseguir la unidad familiar que Dios nos pide: oración y buenas acciones. 

Dos actitudes y dos acciones concretas: con paciencia y esperanza, haz oración y haz el bien. 

Acércate a Dios como nunca antes lo habías hecho, con un corazón sincero y arrepentido. Pídele que entre de lleno en ti, en tu mujer y en todos los miembros de casa. 

Cada crisis es una oportunidad para crecer. Ante tu problemática, prepárate en el tema que has fallado. ¿Fue falta de autodominio?; ¿has sido agresivo y violento?; ¿grosero en tu trato?; ¿has sido infiel?; ¿tienes alguna adicción?; ¿qué fue aquello de lo que se cansó tu esposa? 

Documéntate sobre ese tópico; humildemente reconoce que necesitas ayuda, y búscala siempre muy cerca de Dios. 

Empieza un cambio real para mejorar en todos los aspectos. Sustituye tus malos hábitos por buenos hábitos. Se dice fácil, pero es difícil. Sin embargo, con la motivación que tienes ahora, podrás vencer. ¡Vas por la restauración de tu familia! Eso vale que entregues tu vida entera en sacrificio. 

Actúa con la convicción de que al hacer todo esto estás cumpliendo la Voluntad de Dios en tu vida, y lo mejor vendrá a ti. Repite y reza el Salmo 118. Aquí transcribo una pequeña estrofa: 

En las casas de los hombres fieles hay alegres cantos victoriosos: 

¡El poder del Señor alcanzó la victoria! ¡No moriré, sino que he de vivir para contar lo que el Señor ha hecho! 

El Señor me ha castigado con dureza, pero no me ha dejado morir. 

Haz todo lo que esté en tus manos y recibirás las bendiciones que el Señor ha preparado para ti y los tuyos.