CUATRO ENEMIGOS DEL MATRIMONIO

Muchos matrimonios sufren de un cáncer en su vida cotidiana: faltas de respeto. En los hogares se escuchan insultos, gritos y llanto de pequeños asustados. No es sorprendente, entonces, que haya mujeres y hombres que se sientan cansados de su matrimonio porque se sientes humillados y menospreciados.

Si es tú caso, lo más probable es que sientas una gran frustración y experimentes impotencia ante tu realidad. Es difícil sacar lo mejor de nosotros mismos cuando nos sentimos despreciados y humillados. Pero, en la visión cristiana, es precisamente ahí donde podemos echar raíces para crecer alto e iluminar al mundo. Dios nos hace sentir nuestra pequeñez para que confiemos en Él.

Si tienes una sensación de cansancio, recuerda que, con Cristo, el yugo es suave, y la carga, ligera. Búscalo en la oración, en los Sacramentos y con un espíritu de sincero sacrificio. Esto significa que, en unión a Él, podrás mirar a tu cónyuge como lo mira el mismo Dios; y, lo mejor: mirarás el rostro de Cristo en el hombre o mujer con quien te has comprometido de por vida.

Con actitud renovada, prepárate para dar lo mejor de ti. Aunque no sientas su amor, te bastará percibir el amor de Jesús. Reconoce en los siguientes enemigos del Matrimonio aquellos que han entrado a tu corazón intentando destrozar tu hogar. Descubrirás los antídotos para evitar que su veneno acabe con una familia más:

  1. La crítica: Con facilidad vemos los defectos del otro y nos olvidamos de los propios. Esto favorece que hablemos mal de nuestro propio cónyuge a los demás y a nosotros mismos, lo cual genera una actitud inconveniente. El antídoto ante este enemigo es aprender a hablar sin quejarnos. Expresar mi necesidad en primera persona y recordar que donde la dureza solo puede destruir, la suavidad consigue esculpir.
  2. La conducta defensiva: Creer que el que está mal es el otro y mandarlo por ayuda, considerando que uno mismo nada necesita para mejorar la relación. ¡Nada más alejado de la realidad! En un problema de pareja, los dos tienen parte de responsabilidad, y a cada uno le toca aceptar su contribución.
  3. Desprecio: Nada lastima más el alma de otra persona que el mostrarle nuestro deprecio. Si nuestras palabras denotan desagrado al estar con nuestro esposo o esposa, estaremos sembrando una colección de resentimientos que se convierten en odio. El remedio es hacer exactamente lo contrario: mostrar aprecio y admiración.
  4. La conducta evasiva: Muchas veces evitamos abordar un tema que genera aspereza en el trato. En el corazón germina la semilla de la venganza, y en el momento menos pensado hay una “gota que derrama el vaso”, sobreviniendo así la ruptura. Para terminar con estas evasiones, es imperante hablar. Aprendamos a practicar una firme dulzura y dulce firmeza cuando se trata de defender lo esencial. “La angustia deprime al hombre, y la palabra suave lo pone alegre” (Prov. 12, 15).

 

Las estadísticas de divorcio van en aumento. No formes parte de ellas. Dios necesita familias unidas, y es por eso que quiere entrar en ellas y hacerles sentir la certeza de que “todo lo podemos en Cristo que nos fortalece”, como lo afirma San Pablo (Fil 4, 4).