VIOLENCIA: UN CÁNCER EN LA EDUCACIÓN

Querida Lupita:

Tenemos una hija que se ha ido haciendo muy rebelde. Mi esposo siempre ha sido muy exigente, y la semana pasada, que ella llegó de madrugada y nos tuvo con el alma en un hilo hasta las 3 de la mañana, mi esposo la corrió. Él estaba muy enojado, y sí, la empujó y la lastimó. Ella se fue, y tenemos todo este tiempo sin saber nada de su paradero.

Los dos estamos muy tristes. No sé cómo esté, y me mata la incertidumbre. Por favor, ayúdame a pedir por el bien de mi hija y que el corazón de mi esposo sea suave y no siga endurecido.

Ma. Eugenia D.

 


 

Querida Maru:

Puedo sentir en tu carta tu corazón de madre destrozado. Refúgiate en el Señor y coloca a tu hija y a tu esposo en su regazo:

Pero tú dices: “Mi amparo es el Señor”; tú has hecho del Altísimo tu asilo. La desgracia no te alcanzará ni la plaga se acercará a tu tienda, pues a los ángeles les ha ordenado que te escolten en todos tus caminos. En sus manos te habrán de sostener para que no tropiece tu pie en alguna piedra (Sal. 91, 9-12).

Para educar a nuestros hijos, necesitamos, ante todo, amarlos y tener un proyecto educativo.

Nuestra sociedad, hoy, se mueve más por emociones y sentimientos que por convicciones. Los padres de familia, presos de impulsos, generan altos índices de violencia en casa. La violencia es un cáncer espiritual que destruye la semilla del amor.

Existen tres emociones que debemos usar a favor, y no permitirles que se adueñen de nosotros: Miedo, ira y tristeza culpable.

La ira es una emoción diseñada para la supervivencia básica. Nos ayuda a enfrentar peligros o amenazas reales; sin embargo, la mente humana crea estímulos artificiales (originados en el pasado), a los que ataca en la vida real, generando un desajuste en la respuesta. Aporta más flujo sanguíneo a las manos para aferrar una arma o para golpear con el puño. El incremento en los latidos del corazón y la mayor aportación de adrenalina generan energía para una acción vigorosa.

El miedo funciona como reacción opuesta a la ira: inhibe la respuesta ante el peligro por considerarlo superior a los recursos disponibles. La ira propicia el ataque; el miedo, la huída. Se aporta más sangre a los músculos largos de todo el cuerpo para facilitar la huída. Existen miedos artificiales que son aprendidos a partir de experiencias reales; ante cualquier evento doloroso los sistemas de creencias actúan.

Una vez que la mente asume una experiencia como negativa, ya está el miedo instalado y se refuerza a sí mismo en un círculo vicioso.

La tristeza se define como dolor por un bien perdido; si la manejamos correctamente, favorece el ajuste ante una pérdida significativa y aporta un poco de energía y entusiasmo para continuar con las actividades diarias. Una vez que cumple con su objetivo protector, el ser humano experimenta cicatrización emocional. Si no hace su función, la tristeza se convierte en sentimiento estereotipado por el que logra lástima. La persona se ve a sí misma como víctima.

Muchas veces, es gracias a crisis de este tipo como buscamos mejorar como padres e hijos. Seguramente ya han pedido apoyo a las autoridades en la búsqueda de su hija. Me uno en oración, esperando para ella lo mejor. Cuando vuelva, no debe haber reclamos ni insultos, sino manifestaciones de su amor.