SOLIDARIDAD PARA SANAR NUESTRO EGOÍSMO

Querida Lupita: 

Soy madre soltera. Mi esposo se fue con otra mujer cuando mi hijo pequeño tenía dos años. Me quedé sola enfrentando al mundo y sacando adelante a los tres niños que habíamos engendrado. Aunque ha sido muy difícil, soy mujer de Fe y doy gracias a Dios, pues siempre he sentido su ayuda a través de muchas buenas personas que nos rodean. Vamos bien, aunque no he sabido ayudar a dos de ellos, que pelean mucho. Creo que ahora ya se odian, y eso me mortifica mucho. Me doy cuenta de que, por la sobreprotección que les di cuando su padre nos dejó, yo no les corregía y me conformaba con decir: “Así se pelean los hermanos”. Hoy, estoy arrepentida. 

Sara P. 

 


 

Hermana mía, Sara:  

Hay algunos elementos en tu carta que quiero destacar para bien de muchos. Primeramente, debes saber que puedes ser madre sola y triunfadora. La clave está en invitar a Cristo a ser el centro y fin de tu vida. Alimentando tu Fe podrás manejar más sabiamente tus emociones y tomarás decisiones fundadas en la razón, midiendo consecuencias y eligiendo lo mejor. 

La sobreprotección que diste a tus hijos es muy comprensible, y tú alcanzas a vislumbrarlo con claridad. Los padres hemos de fundar la educación en la firmeza de un proyecto de vida, más que en nuestras circunstancias o sentimientos. Debemos preguntarnos: ¿para qué educo a mis hijos?, ¿cuáles son mis objetivos respecto a su desarrollo?, ¿por qué quiero que tengan sanas costumbres, buenos hábitos? 

Los padres de familia cristianos queremos que nuestros hijos sean felices y, por la Fe, conocemos el único camino seguro y cierto para conseguirlo. Nacimos por amor y para amar. Por esta razón, determinamos que el fin de toda educación es enseñar a nuestros hijos a amar. 

Los hermanos pelean, y a los padres nos corresponde enseñarlos a resolver sus diferencias de la mejor manera: dialogando. Estar cerca de ellos e intervenir para formar su corazón, es nuestra vital misión.

Siempre es mejor hacerlo en los primeros años; sin embargo, nunca es tarde para empezar. Practica las siguientes claves: 

Si su corazón es egoísta, vamos a desarrollar hábitos que les ayuden a salir de sí mismos. La Palabra nos dice: “Nunca dejará de haber necesitados en la Tierra. Y por eso Yo te mando que seas generoso con aquellos compatriotas tuyos que sufran pobreza y miseria en tu país” (Dt 15, 11). 

Busquen una misión familiar, siendo atentos y solícitos con los débiles, como nos pide el Papa Francisco. Vayan a las periferias y encuentren personas necesitadas a las que puedan darles amor y proveerles de las cosas materiales necesarias, a las cuales no tienen acceso. 

Habla con cada uno de ellos por separado y motívales para que valoren la relación de hermanos. Diles lo feliz que te harán cuando sepas que se perdonan y se apoyan mutuamente. 

Invítalos a vivir un valor por mes. Puedes empezar con: generosidad, amabilidad y respeto. Recuerda el tripié para que un valor pueda ser sembrado: precepto, hábito y ejemplo. 

Haz oración. Confía en el buen resultado, ya que cuando las oraciones suben, las bendiciones bajan. 

Aristóteles enseñaba que la educación debe sostenerse en el ejemplo moral. Empieza tú misma por practicar estas virtudes; habla con firmeza pero también con dulzura de ellas, y propicia actividades que permitan desarrollar nuevos y buenos hábitos en tus hijos.