PARA CONVIVIR MEJOR EN FAMILIA: MANSEDUMBRE

Querida Lupita:

Hemos estado en casa todos juntos por casi dos meses y hay muchos momentos en que explotamos, cada vez con más facilidad y mayor frecuencia. ¿Existe algún truco que nos permita controlar el mal carácter?

Ma. Eugenia

 


 

Estimada en Cristo, Maru:

La convivencia cotidiana genera roces y malos entendidos. Pero también representa una gran oportunidad para conocernos a nosotros mismos y a aquellos con los que estamos conviviendo.

Son tiempos para meditar acerca de nuestras reacciones y pulir esas aristas que complican las relaciones humanas. Existe una virtud que estamos invitados a practicar de manera especial cuando no controlamos nuestro carácter: se trata de la mansedumbre.

La mansedumbre es la virtud moral sobrenatural que nos ayuda a prevenir y controlar la ira.  Quien la practica sabe soportar con paciencia las flaquezas de los demás y tratarlos benévolamente.

Si me pides un “truco”, podría recomendarte la repetición de una jaculatoria poderosa. Repítela a lo largo del día pero de manera especial, hazlo cuando estés perdiendo el control:

“Jesús, manso y humilde de corazón, haz mi corazón semejante al tuyo.”

Para convivir mejor en familia y mejorar nuestro mal carácter debemos partir del deseo de vivir en paz y armonía con los que amamos. Pensemos bien: el mal carácter, nace de malos pensamientos y engendra malas consecuencias. El mal carácter jamás contribuye a fortalecer los lazos de confianza y amistad, y nunca trae la paz que anhelamos. Por el contrario, la actitud mansa y humilde, que nace de pensamientos luminosos y positivos, genera espíritu de servicio y nos permite tener acciones concretas de benevolencia, esto es, saber  devolver bien por mal.

Vive un día a la vez y proponte disfrutarlo en compañía de los tuyos, agradece más y controla menos, agradece más y no te quejes por nada. Si te mantienes fiel a lo que Dios pide de ti, Él te rodeará de bendiciones. Confía en esta convicción y a partir de hoy da lo mejor de ti: haz el bien sin mirar a quien.

Algunos piensan así: “¡Ah no!, si les doy la mano, toman el pie. Abusarán de mí si soy noble”. Lo que les lleva a actitudes mezquinas y egoístas. Acuérdense de esto:

“El que da poco, recibe poco; el que da mucho, recibe mucho” (2 Cor. 9, 6)