LA VIOLENCIA SE APRENDE EN CASA

Querida Lupita:

Soy un joven comprometido en la Evangelización y quiero seguir adelante con lo que creo que es mi misión en la vida. Pero me desaliento mucho cuando vivo escenas de violencia en mi propia casa; mi papá es alcohólico y hace unas semanas quiso golpear a mi mamá. Yo intervine y lo golpeé con coraje. Nos hicimos de palabras y lo insulté. Luego, cuando me tocó dar temas de formación para adolescentes, tuve que hablarles de cómo honrar a sus padres. En esos momentos me pregunté si debía seguir hablando de algo que no vivo. ¿Cómo honrar a mi padre cuando ha sido grosero con nosotros, cuando nos humilla constantemente con sus palabras, cuando nos hace sentir inútiles y nada valiosos?

 

Alberto

 

Querido Alberto:

 

Te abrazo fuertemente y te pido perdón en nombre de tu padre y de todos los padres que no cumplen su responsabilidad. Nuestra realidad actual no favorece la vivencia de las virtudes y somos los propios adultos quienes damos ejemplo de inmadurez. Llevamos el alma vacía; nuestro estilo de vida es superficial y egoísta, basado en sentimientos y emociones.

Tú eres un joven extraordinario que, como muchos otros, estás en búsqueda de un ideal. Si has conocido a Cristo y quieres evangelizar, ¡hazlo sin miedo!

Cuando hemos decidido seguirlo a Él, su enemigo no descansa y busca la manera de desalentarnos. No lo escuches.

Tú eres testigo de la necesidad de vivir con los criterios de Cristo. Mientras el mundo grita que hagas “lo que quieras”, Él nos enseña a orar diciendo al Padre: “Que se haga tu voluntad”.

La paz es voluntad de Dios. Y para vivirla es indispensable aprenderla. Tú aprendiste a ser violento, debido al ambiente que tu padre ha generado en casa, pero puedes aprender a ser pacífico. Cuando naciste no hablabas, aprendiste a hacerlo con el tiempo. Tus padres te enseñaron español porque era el idioma que sabían. Lo mismo sucede con nuestras actitudes: el odio y la violencia son generados por la educación; se aprenden, tal como lo afirma Eduardo Aguilar en su libro Amar con hechos.

Puedes entrenarte en el perdón y cambiar tu violencia y odio por una lucha respetuosa en defensa de tus derechos y los de tu familia. Oración, Eucaristía y lectura del Evangelio serán tu alimento para conseguirlo.

Es urgente prevenir con educación la violencia verbal y física desde cada hogar. Una medida irrenunciable es que los padres se entrenen para saber hablar de un modo positivo a los hijos. Siguiendo los conceptos de Eduardo Aguilar, “la boca de los padres debe ser un armario de oro, de piedras preciosas, de profecías de éxito”.

La Palabra de Dios es contundente: “y ustedes, padres, no provoquen la ira de sus hijos, sino, más bien, edúquenlos con disciplina y la instrucción que quiere el Señor” (Efe. 6,4).

Tal vez no puedas hacer mucho para que tu padre cambie, ¡pero sí puedes cambiar tú! Conviértete en un agente de paz, prepárate para formar un hogar en el que seas tú mismo, como padre de familia, el primer sembrador del amor.