PEREZA ESPIRITUAL

Querida Lupita:

Me siento triste al ver que no obtuve un cambio verdadero. Mi vida era gris y viví un encuentro con Cristo que me renovó y me llenó de alegría y de ganas de vivir. Pero no sé qué me está pasando. Vuelvo a mi desesperación de antes, me siento cansada y desganada. Te escribo porque han venido a mí algunas ideas de venganza que ya había dejado atrás, y ayer, mi hija de 15 años me reclamó gritándome que soy una amargada. Me dolió mucho su ofensa, pero creo que tiene toda la razón. Hace tiempo que ya ni rezo, que en nada creo, que estoy desanimada. ¿Qué me está pasando?

 Andrea G.

 


 

Querida hermana mía:

Carl Jung, estudioso de la conducta humana, sostenía que la oscuridad y el caos preceden siempre a una expansión de la conciencia. Hablaba de la existencia de un vacío fértil.

En la vida espiritual podemos experimentar retrocesos, soledad y sequedad del alma. Los grandes Santos, como Juan de la Cruz, hablan de la noche oscura del alma. Santo Tomás Moro decía que hemos de aceptar la noche oscura y considerar que el alma se alimenta de la oscuridad tanto como de la luz. La bajada al mundo subterráneo nos conduce al vacío de nuestro ser hacia una transformación y renovación.

Así, en cierto modo, es un signo muy positivo lo que te está pasando. Es como el anuncio de una muy próxima renovación; te sucede lo que a la mariposa antes de serlo: se encuentra atrapada en su crisálida.

Es tiempo de acercarte a Dios, no de alejarte de Él. Haz dejado de rezar y esto recrudece tu crisis

Estás siendo víctima de acedia o pereza espiritual. Los Padres Espirituales entienden por ella una forma de aspereza o desabrimiento, debidos a la pereza, al descuido de la vigilancia, a la negligencia del corazón.

San Juan Damasceno la define como “una especie de tristeza deprimente”; Santo Tomás la describe como “tristeza mundana”; San Gregorio Magno la denomina como la apatía en torno a los Preceptos. Todos la experimentamos en algún momento, ya que “el espíritu está pronto, pero la carne es débil” (Mateo 26,41).

Se trata de un mal de nuestros tiempos; los hombres de hoy se han olvidado de rezar, de buscar a Dios y comunicarse con Él. La acedia es pecado capital y, por tanto, engendra muchos males: tristeza, malicia, rencor, desesperación, amargura, somnolencia, inestabilidad.

Es necesario extirparla de nuestro corazón. Te invito a poner los medios para desandar el camino que emprendiste hacia la oscuridad. Trabaja la virtud contraria: contra pereza, diligencia.

Aplícate llevando a cabo actos de amor a Jesús como: oración, visitas al Santísimo Sacramento, participación en grupos de reflexión y estudio de la Biblia, congresos y retiros católicos, Confesión y Eucaristía, cercanía a María y cantos de Alabanza todo el día.

Rige tus decisiones con inteligencia y fuerza de voluntad; no sigas tus emociones y sentimientos, pues te llevan a la zona de comodidad, en donde no hay esfuerzo ni triunfo, sino laxitud y pecado.

¡Jesús está vivo! Restablece tu relación con Él, platícale de ti como lo haces conmigo. No esperes a “sentir bonito” para orar; hazlo ahora, hazlo ya. Esto te hará semejante a Jesús, cuando en el Huerto de los Olivos, en la mayor angustia espiritual, supo decir a su Padre: “Que no se haga mi voluntad, sino la Tuya”. Nunca cejó en el esfuerzo, sino hasta decir: “Todo se ha cumplido”.